Abraham

Abraham abandonó su país, su hogar, sus parientes y todas las gratas compañías de la primera parte de su vida, para hacerse peregrino y advenedizo en la tierra.

Con frecuencia, es más esencial de lo que muchos creen que las relaciones sostenidas en la primera parte de la vida queden rotas, a fin de que aquellos que han de hablar “en nombre de Cristo” (2ª Cor. 5:20) estén en situación de poder ser educados por Dios y prepararse para su gran obra. A menudo los parientes y amigos tienen una influencia que, a la vista e Dios, estorbaría grandemente las instrucciones que él se propone dar a sus siervos. (…)

Antes que Dios pudiese usarlo, Abraham debía separarse de sus asociados anteriores, a fin de no ser dominado por la influencia humana, y dejar de confiar en la ayuda humana…

(Testimonios para la Iglesia t4, 515)

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No fue una prueba ligera la que soportó Abrahán, ni tampoco era pequeño el sacrificio que se requirió de él. Había fuertes vínculos que le ataban a su tierra, a sus parientes y a su hogar. Pero no vaciló en obedecer al llamamiento. Nada preguntó en cuanto a la tierra prometida. No averiguó si era feraz y de clima saludable, si los campos ofrecían paisajes agradables, o sí habría oportunidad para acumular riquezas. Dios había hablado, y su siervo debía obedecer; el lugar más feliz de la tierra para él era dónde Dios quería que estuviese.

Muchos continúan siendo probados como lo fue Abrahán. (…)Dios tiene una obra para ellos; pero una vida fácil y la influencia de las amistades y los parientes impediría el desarrollo de los rasgos esenciales para su realización. Los llama para que se aparten de las influencias y los auxilios humanos, y les hace sentir la necesidad de su ayuda, y de depender sólo de Dios, para que él mismo pueda revelarse a ellos. ¿Quién está listo para renunciar a los planes que ha abrigado y a las relaciones familiares en cuanto le llame la Providencia?

(PP, 118,119)

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Abraham confió en Cristo para obtener el perdón de sus pecados. Fue esta fe la que se le contó como justicia.

(PP, 387)