Hospitalidad

No es agradable hospedar a forasteros al azar. Si supieran que son dignos todos los que buscan compartir sus bienes, entonces podrían sentirse inducidos a hacer algo en ese sentido. Pero hay una virtud en correr cierto riesgo. Quizá hospedemos a ángeles.
(MB, 45)

En los hogares de nuestros miembros de iglesia, hay unos pocos que tienen lugar y comodidades para el debido cuidado de los enfermos. Debiera prepararse un lugar donde pudieran darse tratamientos para las enfermedades comunes. El edificio podría ser no elegante y aun rústico, pero debiera estar provisto de lo necesario para dar tratamientos sencillos.
(MB, 144)

Hace años se me mostró que el pueblo de Dios sería probado en este asunto de proporcionar hogares a los que no los tienen. Que habría muchos sin hogar como resultado de creer la verdad. La oposición y la persecución privarían a los creyentes de sus hogares, y era el deber de los que tienen hogares abrir sus puertas de par en par a los que no los tenían. Se me ha mostrado más recientemente que Dios probaría especialmente a su pueblo profeso en relación con esto.
(MB, 221)

He oído a muchos que se excusan de invitar a los santos de Dios a sus hogares y corazones. “Pero yo no tengo nada preparado, no tengo nada cocinado; deben ir a algún otro lugar”. Y en aquel lugar quizá haya alguna otra excusa inventada para no recibir a los que necesitan hospitalidad, y los sentimientos de los visitantes son lastimados profundamente y se van con impresiones desfavorables en cuanto a la hospitalidad de estos profesos hermanos y hermanas.
(MB, 222)

Antes de que dispusiéramos de sanatorio alguno, mi esposo y yo comenzamos la obra de carácter médico. Traíamos a nuestra casa enfermos que habían sido desahuciados por los médicos. Cuando no sabíamos qué hacer por ellos, orábamos a Dios muy fervientemente y él siempre envió su bendición.
(MB, 343)