Judas

Judas era el tesorero de los discípulos, y de su pequeño depósito había extraído secretamente para su propio uso, reduciendo así sus recursos a una escasa suma.
(DTG, 513)

Si Judas hubiese muerto antes de su último viaje a Jerusalén, habría sido considerado como un hombre digno de un lugar entre los doce, y su desaparición habría sido muy sentida. (…) El amor al dinero superaba a su amor a Cristo.
(DTG, 663)

Judas, al hacerse esclavo de un pecado, se entregó a Satanás.
(DTG, 663)

El Salvador no rechazó a Judas. Le dio un lugar entre los doce. Le confió la obra de un evangelista. Le dotó de poder para sanar a los enfermos y echar a los demonios. Pero Judas no llegó al punto de entregarse plenamente a Cristo. No renunció a su ambición mundanal o a su amor al dinero. (…) No se dejó modelar por la acción divina. (…) Judas era tenido en alta estima por los discípulos, y ejercía una gran influencia sobre ellos. (…) Judas estaba ciego en cuanto a su propia debilidad de carácter, y Cristo le colocó donde tuviese oportunidad de verla y corregirla.
(DTG, 664)

Con frecuencia, cuando hacía un pequeño servicio para Cristo, o dedicaba tiempo a propósitos religiosos, se cobraba de este escaso fondo.
(DTG, 665)

Mientras los discípulos buscaban pruebas que confirmasen las palabras del gran Maestro, Judas los conducía casi imperceptiblemente por otro camino. Así, de una manera muy religiosa y aparentemente sabia, daba a los asuntos un cariz diferente del que Jesús les había dado y atribuía a sus palabras un significado que él no les había impartido.
(DTG, 666)

La disensión en cuanto a cuál de ellos era el mayor era generalmente provocada por Judas. (…)
En todo lo que Cristo decía a sus discípulos, había algo con lo cual Judas no estaba de acuerdo en su corazón.
(DTG, 667)

El Redentor no quiere perder un alma; su trato con Judas fue registrado para mostrar su larga paciencia con la perversa naturaleza humana; y nos ordena que seamos indulgentes como él lo fue. El dijo que los falsos hermanos se hallarán en la iglesia hasta el fin del tiempo.
(PVGM, 51,52)

Dios ha señalado medios, si nosotros los usamos con diligencia y con oración, para que ningún navío naufrague, sino que capee la tempestad y ancle finalmente en el puerto de la gloria. Pero si despreciamos y descuidamos estas provisiones y privilegios, Dios no obrará un milagro para salvar a ninguno de nosotros y nos perderemos como Judas y Satanás.
(TM,453; MJ, 107)