Juicio

En el juicio final, los hombres no serán condenados porque creyeron concienzudamente una mentira, sino porque no creyeron la verdad.
(PP. 38)

Los cristianos no deberían recurrir a los tribunales civiles para arreglar las diferencias que puedan levantarse entre los miembros de la iglesia. Tales diferencias deberían arreglarse entre ellos mismos, o por la iglesia, de acuerdo con la instrucción de Cristo. Aunque pueda haberse cometido una injusticia, el seguidor del manso y humilde Jesús sufrirá que se le defraude antes que exponer al mundo los pecados de sus hermanos de la iglesia.
Los pleitos entre hermanos son un oprobio para la causa de la verdad. Los cristianos que recurren a la ley unos contra otros exponen a la iglesia al ridículo de sus enemigos, y provocan el triunfo de las potestades de las tinieblas. Hieren de nuevo a Cristo, y le exponen al vituperio. Al pasar por alto la autoridad de la iglesia, manifiestan menosprecio por Dios, quien dio autoridad a la iglesia.
(HA 247)

Para el pecado, dondequiera que se encuentre, “nuestro Dios es fuego consumidor.” En todos los que se someten a su poder, el Espíritu de Dios consumirá el pecado. Pero si los hombres se aferran al pecado, llegan a identificarse con él. Entonces la gloria de Dios que destruye el pecado, debe destruirlos a ellos también. (DTG, 82,83)

Dios es paciente, no quiere que ninguno perezca; pero su paciencia tiene un límite, y cuando se pasa ese límite no hay un segundo tiempo de gracia. Su ira saldrá y destruirá sin remedio.
(Carta 122, 1900; 7 CBA 958)

Las llamas que consumieron Sodoma y Gomorra transmiten hasta nuestros días la luz de su advertencia. Se nos enseña la temible y solemne lección de que mientras la misericordia de Dios tiene mucha paciencia con el trasgresor, hay un límite más allá del cual los hombres no pueden seguir en sus pecados. Cuando llega ese límite, se retira el ofrecimiento de la gracia y comienza la ejecución del juicio.
(PP, 160)

Se han acariciado pecados que sin embargo no se han llevado a cabo por falta de oportunidad. La ley de Dios los registra todos ellos. Esos pecados ocultos, secretos forman el carácter.
(The Ellen G. White Materials, p. ¿374?)