Pobres

Muchos son pobres por falta de diligencia y economía. No saben usar correctamente sus recursos.
Si se les ayudase, ellos los perjudicaría. Algunos serán siempre pobres. Aunque tuvieran las mejores ventajas, sus casos no mejorarían. No saben calcular y gastarían todos los recursos que pudieran obtener, ya sean muchos o pocos. No saben negarse ciertas cosas y economizar para evitar deudas y ahorrar algo para los tiempos de necesidad. Si la iglesia ayudase a los tales, en vez de dejarlos confiar en sus propios recursos, los perjudicarían al final; ya que confían en la iglesia y esperan recibir ayuda de ella, y no practican la abnegación y economía cuando están bien provistos. (…)
Las instrucciones dadas en la Palabra de Dios con referencia a ayudar a los pobres no se aplican a estos casos, sino a los infortunados y afligidos.
(Testimonios, 1, 247)

Dios ha permitido a propósito que haya pobres, para probarnos y para que demostremos lo que hay en nuestros corazones.
(T2, 27)

Algunos llevan a extremos el deber de la beneficiencia, y en realidad perjudican a los pobres al hacer demasiado por ellos. Los pobres no siempre se esfuerzan como deberían hacerlo. Si bien es cierto que no se los debe descuidar y hacerlos sufrir, es necesario enseñarles a ayudarse a sí mismos.
(Testimonios para la Iglesia t4, 542)

Como pueblo, no debemos imitar y adaptarnos a los métodos del Ejército de Salvación. Esta no es la tarea que el Señor nos ha asignado.
(T8, 197)

Nadie que puede ganarse la vida tiene derecho a depender de los demás.
(2JT, 516-517)

En la providencia de Dios los hechos han sido así ordenados para que los pobres estén siempre con nosotros, con el propósito de que pueda haber un constante ejercicio en el corazón humano de los atributos de la misericordia y el amor.
(MB, 19)

Sáquese la pobreza y no tendremos cómo comprender la misericordia y el amor de Dios, no habrá forma de conocer la compasión y la simpatía del Padre celestial.
(MB, 20)

Pablo…hasta sufría hambre a veces, para poder aliviar las necesidades de otros.
(MB, 67)

Un verdadero cristiano es amigo de los pobres.
(MB, 176)

El Evangelio ha de predicarse a los pobres. Nunca se reviste el Evangelio de una apariencia de mayor hermosura que cuando es llevado a las regiones más necesitadas y destituidas. A los hombres de toda condición brinda sus preceptos, que regulan sus deberes y sus promesas, que los galvanizan para el cumplimiento de sus deberes. Entonces es cuando la luz del Evangelio refulge en su claridad más radiante y su mayor poder. La luz de la Palabra de Dios entra en las chozas de los campesinos y alumbra las rudas moradas de los pobres, tanto negros como blancos. Los rayos del Sol de Justicia traen alegría a los enfermos y dolientes. Allí están los ángeles de Dios y la fe sencilla que se manifiesta convierte la corteza de pan y el vaso de agua en un suntuoso banquete. Los que han sido detestados y abandonados son levantados por la fe y el perdón hasta la dignidad de hijos e hijas de Dios. Elevados por encima de todo lo que hay en el mundo, se sientan en los lugares celestiales con Cristo Jesús.
(MB, 177)

No sería para beneficio del cristianismo que el Señor quitara la pobreza de la tierra.
(MB, 185)

Podéis dar a los pobres y hacerles daño, porque les enseñáis a depender de otros. Más bien, enseñadles a sostenerse a sí mismos. Esta será verdadera ayuda. El Señor no requiere que los laboriosos sostengan a los que no son diligentes. Hay un desperdicio del tiempo, una falta de esfuerzo, que originan la pobreza y la necesidad. Si estas faltas no son advertidas y corregidas por los que las practican, todo lo que se pueda hacer en su favor es como poner un tesoro en una canasta con agujeros. Pero hay una pobreza inevitable y hemos de manifestar ternura y compasión a los infortunados.
(MB, 208)

Hay muy pocos en nuestra tierra de abundancia que realmente sean tan pobres que necesiten ayuda. Si procedieran correctamente, casi en cada caso podrían verse libres de la necesidad. Mi exhortación a los ricos es: Tratad liberalmente con vuestros hermanos pobres, y usad vuestros medios para hacer avanzar la causa de Dios. Los pobres dignos, los que se han empobrecido por la desgracia y la enfermedad, merecen nuestro cuidado especial y ayuda.
(MB, 210)

Los pobres no están excluidos del privilegio de dar. Ellos, tanto como los ricos, pueden tener una parte en esta obra.
(MB, 212)

En las Sagradas Escrituras se ordena hacer el bien en todas sus formas, pero se necesitan prudencia y cuidadosa consideración para saber cómo mostrar misericordia y ayudar a los que realmente necesitan. La forma que verdaderamente es provechosa para ambas partes es ayudarlos para que puedan bastarse a sí mismos; abrir caminos delante de ellos en lugar de darles dinero; encontrarles algún trabajo que puedan hacer; manifestar discreción y estar seguros de que hacemos el uso debido de los medios para que puedan ayudar al máximo a los pobres del Señor en lo presente y lo futuro.
(MB, 351)

No podemos descuidar a los pobres, Cristo fue pobre.
(MB, 355)

Para mí hay diferencia entre ayudar a uno que es un pobre de Dios que guarda sus mandamientos y que perdió el puesto que tenía por guardarlos, o [a otro que] es un blasfemo que pisotea los mandamientos de Dios. Y Dios toma en cuenta la diferencia.
(MB, 357)

Es un pecado sostener en la ociosidad a aquellos que podrían trabajar.
(PE, 57)

Muchos carecen de discreción y de espíritu de economía en el manejo de sus asuntos. No pesan bien las cosas, ni obran con precaución. Los tales no deben confiar en su propio criterio deficiente, sino que deben consultar a sus hermanos que tienen experiencia. Pero muchas veces los que carecen de espíritu de economía y buen criterio no están dispuestos a buscar consejos. Piensan generalmente que saben cómo manejar sus asuntos temporales, y no están dispuestos a seguir los consejos. Obran según sus decisiones erróneas, y sufren como consecuencias. Sus hermanos se afligen al verlos sufrir, y les ayudan a salir de sus dificultades. El manejo imprudente de sus asuntos afecta a la iglesia. Resta de la tesorería de Dios recursos que podrían darse para el adelantamiento de la causa de la verdad presente. Si estos hermanos pobres asumen una actitud humilde y están dispuestos a recibir el consejo de sus hermanos, y luego se encuentran en estrecheces, los hermanos deben entonces sentir que es un deber ayudarles alegremente a salir de sus dificultades. Pero si ellos prefieren seguir su propia conducta, fiar en su propio juicio, deben dejarles sentir las plenas consecuencias de su actitud imprudente, para que aprendan por la dura experiencia que “en la multitud de mensajeros hay salud.” Los hijos de dios deben estar sujetos unos a otros. Deben consultarse unos a otros, para que la falta de unos pueda ser suplida por la suficiencia de otros.
(Testimonios Selectos 3, 35-36)

La Palabra de Dios enseña que si un hombre no quiere trabajar, tampoco debe comer. El Señor no requiere que el trabajador activo sostenga al que no es diligente. La pérdida de tiempo y la falta de esfuerzo es lo que produce pobreza y necesidad. Si estas faltas no son vistas ni corregidas por quienes se complacen en ellas, todo lo que pueda hacerse en su beneficio será lo mismo que colocar dinero en un canasto con agujeros. Pero hay una pobreza que es inevitable, y debemos manifestar ternura y compasión hacia los desafortunados.
(CMC, 128)

La costumbre de sostener a hombres y mujeres en el ocio mediante dones privados o el dinero de la iglesia estimula en ellos malos hábitos. Hay que evitar concienzudamente este proceder.
(CMC, 171)

Podemos equivocarnos al ofrecer a los pobres donativos que no constituyen una bendición para ellos y que en cambio los induzcan a pensar que no necesitan realizar un esfuerzo y practicar la economía, porque habrá quienes no permitirán que ellos padezcan necesidad. No debemos aprobar la indolencia ni estimular los hábitos de complacencia propia proporcionando los medios que satisfarán los deseos de gratificación. Si bien es cierto que no hay que descuidar a los pobres que son dignos, a todos hay que enseñar, hasta donde sea posible, a ayudarse a sí mismos.
(CMC, 172)

Muchos, muchísimos no han aprendido a mantener sus gastos dentro de los límites de sus entradas. No aprenden a adaptarse a las circunstancias, y piden prestado una vez tras otra, y en esa forma quedan agobiados por las deudas, y en consecuencia se desaniman y descorazonan.
Muchos no se acuerdan de la causa de Dios, y gastan descuidadamente dinero en diversiones en los días feriados, en vestidos y necedades, y cuando se hace un pedido para promover la obra en el país y en las misiones extranjeras, no tienen nada para dar, y hasta han gastado más de lo que tenían. Así roban a Dios en los diezmos y ofrendas, y por medio de su complacencia egoísta exponen el alma a las fieras tentaciones y caen en las trampas de Satanás.
Deberíamos estar alerta y no permitirnos gastar dinero en cosas innecesarias que sirven tan sólo como objetos de ostentación. No deberíamos permitirnos tampoco complacer los gustos que nos llevan a seguir las costumbres del mundo y a robar a la tesorería del Señor.
(CMC, 263)

Cuando el dinero escasea, deberíamos estar dispuestos a restringir nuestras necesidades.
(CMC, 280)

Muchas familias pobres son pobres porque gastan su dinero tan pronto como lo reciben.
(CMC, 283)

Cuando se ideó el plan de redención, se decidió que Cristo no aparecería con su carácter divino; porque entonces no podría asociarse con los angustiados y los sufrientes. Debía venir como un hombre pobre. Podría haber venido de acuerdo con su exaltada posición en las cortes celestiales; pero no fue así. Debía alcanzar las mayores profundidades del sufrimiento y pobreza humanos, para que los abrumados y frustrados pudieran oír su voz.
(Recibiréis Poder, 276)

El mundo no debe el sustento a nadie que pueda trabajar y ganárselo por si mismo.
(MC, 89)

Cristo trató de trabajar por los más altos dignatarios de la nación. Pero ellos no lo recibieron, porque les dijo la verdad. Tenían ideas exaltadas acerca de su propia piedad. No querían ser instruidos. Pensaban que su trabajo era instruir a los demás, y no ser instruidos ellos mismos. (…) El Salvador vino “para dar buenas nuevas a los pobres” (Luc.4: 18). (…) El pueblo del Señor se compone mayormente de los pobres de este mundo, de gente común. No muchos sabios, no muchos poderosos, no muchos nobles son llamados. Dios ha escogido a “los pobres de este mundo”. “A los pobres es anunciado el evangelio”.
(Ev.411)