Saúl

Cuando fue llamado al trono, Saúl tenía una opinión muy humilde de su propia capacidad, y se dejaba instruir.
(PP, 685)

Saúl no había asociado a Dios con el éxito de Israel.
(PP, 683)

Saúl persistió en justificarse.
(PP, 684)

Son muchos los que él llamó a ocupar cargos en su obra porque tienen un espíritu humilde y dócil. En su providencia los coloca donde pueden aprender de él. Les revelará los defectos de carácter que tengan, y a todos los que busquen su ayuda, les dará fuerza para corregir sus errores.
Pero Saúl se vanaglorió de su ensalzamiento, y deshonró a Dios por su incredulidad y desobediencia. Aunque al ser llamado a ocupar el trono era humilde y dudaba de su capacidad, el éxito le hizo confiar en sí mismo.
(PP, 686)

Cuando un profeso hijo de Dios se vuelve descuidado en el cumplimiento de la voluntad de su Padre, e induce así a otros a que sean irreverentes y desprecien los mandamientos de Dios, hay todavía una posibilidad de que sus fracasos se truequen en victorias si tan sólo acepta la reprensión con verdadera contrición de alma, y se vuelve hacia Dios con humildad y fe. La humillación de la derrota resulta a menudo en una bendición al mostrarnos nuestra incapacidad para hacer la voluntad de Dios sin su ayuda.
(PP, 687)

No puede darse mayor evidencia del poder engañador de Satanás que el hecho de que muchos que son dirigidos por él se engañan a sí mismos con la creencia de que están en el servicio de Dios.
(PP, 688)

Pasar por alto los reproches y las advertencias de la palabra de Dios o de su Espíritu, es un paso peligroso. Muchos, como Saúl, ceden a la tentación hasta que se ponen ciegos y no pueden ver el carácter verdadero del pecado. Se jactan de que tenían algún buen propósito en vista, y que no han hecho ningún daño al apartarse de las instrucciones de Dios. Así desprecian el Espíritu de la gracia hasta que ya no oyen su voz, y él los deja entregados a los engaños que han escogido.
(PP, 689)

Los que se sienten insuficientes para su cargo y sin embargo lo aceptan porque Dios así lo ordena, confiando en el poder y en la sabiduría de él, avanzarán de fortaleza en fortaleza. Cuando se hacen cargo de su obra quizás tengan que aprender todo; pero con Cristo como maestro se convertirán en eficientes obreros. Dios no confía su obra a los sabios según el mundo, pues son demasiado orgullosos para aprender. Elige a los que, sintiendo su deficiencia, procuran ser guiados por la sabiduría infalible (ST 7-9-1882; 2CBA, 1011).

Hay muchos a quienes Dios ha llamado para que ocupen puestos en su obra por la misma razón por la que llamó a Saúl: porque se consideran pequeños, porque tienen un espíritu humilde y dócil. En su providencia, los coloca donde pueden aprender de él. A todos los que reciban instrucción les impartirá gracia y sabiduría. El propósito de Dios es ponerlos en relación tan estrecha con él, que Satanás no tenga la oportunidad de pervertir su juicio ni subyugar su conciencia. Les revelará sus defectos de carácter, y a todos los que procuran su ayuda les concederá fortaleza para corregir sus errores. Cualquiera sea el pecado que acose a un hombre, cualesquiera sean las pasiones amargas o funestas que luchen para dominarlo, puede vencer si vela y lucha contra ellas en el nombre y con la fortaleza del Ayudador de Israel. Los hijos de Dios debieran cultivar una aguda sensibilidad al pecado. En esto, como en todo lo demás, no debiéramos despreciar el valor de las cosas pequeñas. Uno de los más eficaces artificios de Satanás es el de inducir a los hombres para que cometan pequeños pecados que ciegan la mente ante el peligro de las pequeñas complacencias, de las pequeñas desviaciones de los requerimientos de Dios que han sido claramente presentados. Muchos que se apartarían con horror de alguna gran transgresión, son inducidos a considerar el pecado en asuntos pequeños como si fuera de consecuencias baladíes; pero esos pecaditos corroen la vida piadosa del alma. Los pies que entran en una senda que se aparta de la dirección correcta van hacia el camino ancho que termina en la muerte. Una vez que comienza el movimiento hacia atrás, nadie puede decir dónde terminará . . .
Debemos aprender a desconfiar de nosotros mismos y a confiarnos completamente en Dios para dirección y sostén, para un conocimiento de su voluntad y para tener fortaleza para cumplirla (ST 7- 9-1882; 2CBA, 1011).

Las personas cuyos hechos son malos no vendrán a la luz para evitar que sus acciones sean reprobadas y se revele su verdadero carácter. Si continúan en la senda de la transgresión y se apartan enteramente del Redentor, la terquedad, el mal humor y un espíritu de venganza se posesionarán de ellos, y dirán a su propia alma: “Paz, paz”, cuando hay toda razón para que estén alarmados, pues sus pasos se dirigen hacia la destrucción. Cuando Saúl resistió los reproches del siervo del Señor, ese espíritu se posesionó de él. Desafió al Señor; desafió a su siervo, y su enemistad contra David fue la manifestación externa del espíritu asesino que penetra en el corazón de los que se justifican a sí mismos a pesar de su culpabilidad (ST 22-6-1888; 2CBA, 1011-1012).