Paz

La verdadera paz se producirá en el pueblo de Dios cuando por medio de un celo unido y la oración ferviente se perturbe en alto grado la falsa paz que existe.
(Mensajes Selectos, tomo 3, 21)

Los ministros que procuran agradar a los hombres, y claman: Paz, paz, cuando Dios no ha hablado de paz, debieran humillar su corazón delante del Señor, y pedirle perdón por su falta de sinceridad y de valor moral. No es el amor a su prójimo lo que los induce a suavizar el mensaje que se les ha confiado, sino el hecho de que procuran complacerse a sí mismos y aman su comodidad.
El verdadero amor se esfuerza en primer lugar por honrar a Dios y salvar las almas. Los que tengan este amor no eludirán la verdad para ahorrarse los resultados desagradables que pueda tener el hablar claro. Cuando las almas están en peligro, los ministros de Dios no se tendrán en cuenta a sí mismos, sino que pronunciarán las palabras que se les ordenó pronunciar, y se negarán a excusar el mal o hallarle paliativos.
(PR, 104)

Cristo nunca procuró paz transigiendo con el mal.
(HA, 69)

(En 1844) Los atalayas infieles estorbaban el progreso de la obra de Dios. Cuando la gente comenzaba a inquietarse, y a buscar el camino de la salvación, esos dirigentes se interponían entre ellos y la verdad y trataban de calmar sus temores mediante falsas interpretaciones de la Palabra de Dios. A esa obra se unieron Satanás y los ministros no consagrados para clamar: “¡Paz, paz!” cuando Dios no había hablado de paz. Como los fariseos de los días de Cristo muchos no quisieron entrar en el reino de los cielos y se lo impidieron a los que estaban por entrar. La sangre de esas almas les será requerida.
(HR, 378)

ALZA TUS OJOS, p. 218.

Ahora no es el tiempo de decir “paz y seguridad”. Para dar este mensaje no se necesitan oradores elocuentes. Ha de proclamarse la verdad en toda su punzante severidad.
(T5, 175)

Es un grave error de parte de aquellos que son hijos de Dios, el tratar de acortar la distancia que separa a los hijos de la luz de los hijos de las tinieblas renunciando a sus principios, y
comprometiendo la verdad. Esto sería renunciar a la paz de Cristo para hacer paz o fraternizar con el mundo. El sacrificio es demasiado costoso para que los hijos de Dios hagan paz con el mundo renunciando a los principios de la verdad.
Review and Herald, 24 de julio del 1894.

Cuando hay paz en el corazón se reflejará en el rostro.
(6T, 54)